Una vida forjada a golpes

Los sopones de madrugada de bulgao, almejas, ostiones, mejillones, carruchos y cangrejos fantasmas que hacía el conguero Manuel Hidalgo ‘Mañengue’, en la plazoleta de la calle Lucila Silva de la barriada La Perla, al finalizar sus guagancós rumberos con los Zepia Bajo Mundo, servían de sabrosa antesala para que su hijito Giovanni, fiebrara con la conga que su padre le había construido.

“Allí era cuando yo me curaba”, recordó de aquellos tres años de vida.

Giovanni Hidalgo Journet era como una aparición. Robusto, tofetito y no le molestaba cargar su conga ni la de su padre. Había que dejarle el canto. ‘Mañengue’ le llevaba a las veladas, a los teatros populares, a los cumpleaños de la barriada, a las comelatas y a construir con piel de cabro las pleneras debajo de aquellas casas frente al Atlántico, donde se convivía con la marea.

‘Mañengue’ en los 70, era todo un ídolo como el conguero estrella de Richie Ray y Bobby Cruz, codeándose con todos los músicos más famosos de Puerto Rico y el extranjero, mientras Giovanni observaba. Eso le llevaba como niño despierto con sus amiguitos Edwin Rosado, Anthony Carrillo y Humberto Ramírez –en aquel momento de diez años– a comenzar lo que denominó como una profundización de análisis y de práctica, para preguntarse si algún día, les llamarían para tocar con algunos de aquellos famosos.

Mas, todavía no se había escrito que sería “el conguero más famoso del mundo”, como es considerado por muchos.

“Me crié con mi abuela que bailaba, le decían Luisa, la Cubana porque era de allá; mi abuelo de crianza Nando era bongocero; el otro Cagüita tocaba música de trío; mi también papá de crianza, Papi Penchi, era bajista; mi padrino Feliú, era el cantante principal de los Latin Swing; mi papá ‘Mañengue’ tocaba con Richie Ray y Bobby Cruz en pleno apogeo de la orquesta; y si bajaba a la barriada me esperaban Julio Collazo, Chino Timba, Ariel, Tato Salsa, Viruet y Luna de los Zepia con una rumba ‘underground’. Al llegar después, a la calle Lealtad de la parada 15, mi abuela Julia se ocupaba de educarme en la canción de tríos; y yo, de niño, me curaba con todos ellos”.

Otro no podía ser su destino. Todas las venas musicales a su alrededor incidían de la manera más tenaz. Sus amigos de infancia se educaron y pasaron por la Escuela Libre de Música, el Conservatorio de Música, los Heineken Jazz Fest y por el Berklee College de Boston.

“Eso nos ayudó a desarrollarnos y a trabajar con agrupaciones como la de Mario Ortiz que me llamó a mi casa. ‘¿Qué qué?’, dije. Era como entrar a la universidad, un reto. Eso fue a mis 13 para 14 años y después vino Luiggi Texidor, Charlie Palmieri, con quien empiezo a viajar y Batacumbele”, contó.

“Además me invitaron a tocar mis ídolos y pude ser el conguero estrella de la Dizzy Gillespie United Nations All-Star Orchestra, con quienes viajé toda Europa, América del Norte, Australia y África. ¡Fue un vacilón!, porque por todo un mes toqué en Egipto, Marruecos, Senegal, Zaire, el Congo y el Lejano Oriente. Le tocamos a Mandela en Namibia, un señor humilde como tú y como yo. ¡Ese viejito era un tremendo pan!”, expresó.

Después le arroparon sus sueños con Batacumbele, dirigido por Cachete Maldonado, tocando después con Tito Puente, Rubén Blades, Mongo Santamaría, Art Blakey, Eddie Palmieri, Airto Moreira, Freddie Hubbard, Paquito D’Rivera, Carlos Santana, Paul Simon, Michel Camilo, McCoy Tyner, Kip Hanrahan, Hilton Ruiz, su amigo de niñez Humberto Ramírez, Carlos ‘Patato’ Valdés y Mickey Hart, con quien grabara sus dos discos premios Grammy.

Una clase magistral en Senegal

Además, encontró entre sus viajes por el mundo, seres espirituales para guiar sus planetarios y rumbosos sesgos.

“Tuve que pasar Congo, Nigeria, Zaire, Egipto, Marruecos hasta llegar a Dakar, Senegal y me enfrenta un hombre de edad y me dice que era el mejor conguero del mundo. ‘Lo eres y sé por qué lo digo’, mientras le contestaba que hacía lo que podía”, reveló en antesala a una de sus anécdotas más contundentes.

“Entonces, me lleva a un patio con una lamparita donde estábamos él y yo solos. Me dio la señal de que estaba al frente de su clase magistral y puso la mano a una distancia de cuatro pulgadas del cuero de su tambor, dando inmediatamente después el golpe más grande escuchado en mi vida. Era contrario al que yo daba igual; pero a 14 pulgadas de diferencia. ¡Me dio una clase de un golpe nada más!”, recordó el músico apuntando esos breves goces de enriquecimiento provistos por la vida.

El poseedor de un doctorado Honoris Causa de Berklee College of Music, visitó recientemente el pueblo de Cidra para ofrecer varios laboratorios de percusión a estudiantes de jazz, en el Primer Festival de Jazz de la Montaña. Admite que el primer discípulo al cual conoce es a sí mismo. Le gusta ayudar, enseñar con lealtad, respeto, sobrepasar las experiencias negativas como una reciente amputación de dedo y no formar parte de egocentrismo alguno.

Tituló su taller como ‘La percusión del mundo’. Habló de la unión, elemento del pulso y ritmo dentro de las diferentes culturas floreciendo entre la afrocaribeña y el mundo entero. Incluyó sus fusiones tocando con Sakir Hussein de la India, el guitarrista John Mclaughlin y lo que hizo con Dizzie Gillespie, en África.

Una de las experiencias malévolas que nunca ha podido olvidar fue en Bali, Indonesia, cuando visitó el Templo de los Monos con el difunto Dave Valentín.

“Y esos monos así mirándote… Y yo que tenía el cigarrillo en las manos y cuando lo fui a botar aquel mono se me enredó en la pierna, otro me saltó al hombro y yo me quedé petrificado. Y yo llamaba bajito, ‘¡David, David… ¡Tú les das manís, pero que son ladrones, te están chequeando’. Apareció un tercero que me cogió por el pantalón, me registraron y me tumbaron los cigarrillos, los manís y to’. La cuestión es que tú no puedes mirarlos a los ojos porque es un reto para ellos. ¡No me moví hasta que aquel mono se fue! Eso fue en el 84 cuando grabé con él, Paquito d’ Rivera y Arturo Sandoval el disco ‘Reunion’, donde me nombraron ‘Special Guest Star’. Dave me dio mucha oportunidad, lamento su muerte y mucha luz, como hizo Eddie Palmieri, que también fue como mi papá”, declaró al recordar al fenecido y laureado flautista.

Le quedan varios proyectos educativos y más de una docena de proyectos musicales ya empezados y otros en remojo.

Uno de estos se titula ‘Antalanty West’ y un concierto de plena que le dedican en La Cuarta de Ponce este sábado, 1ro de julio.

Mientras que el 7 y 8 de julio, en el Anfiteatro Tito Puente, participará en ‘Puerto Rico Jazz Series’, descrito como diez conciertos en dos noches y donde tocarán además Jerry Medina, Luis ‘Perico’ Ortiz, Roberto Figueroa, Vanguard Jazz Sextet, Ernán López, Moncho Ríos, Pedro Guzmán y PR Jazz Star, entre otros.

“Pero ahora, estoy bien. ¡Me cortaron un dedito nada más! Más importante aún es que hay que destacar que Puerto Rico está bien alto, alto. Puertorro es primero musicalmente junto con Nueva York, Cuba, México y California. Nos adaptamos a todos los ritmos en cuestión de minutos”, opinó el percusionista.

“Tenemos un nivel y no es que esté hablando más que de nosotros. Es que lo he visto. Desde los años 70 hasta el presente, la música de Puerto Rico se conoce en el mundo entero. Estamos ahí y más aún, en un nivel bien alto espiritualmente porque somos neutrales, podemos bregar y hablar con todo el mundo, no importa de quién se trate. Por eso nos quieren y Dios nos ayuda”, concluyó.

Jorge Rodriguez

 

 

 

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